“Cuentacuarenta”, internacional e independiente

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“En Ávila se vive muy bien”, es un comentario que oímos bastante a menudo. La frase me produce cierto sonrojo, porque mucha gente parece no entender que la calidad de vida no la dan solamente el aire de la sierra, el cielo azul envidia de muchos pintores o lo cerca que queda todo. La calidad de vida la da también la existencia de alternativas de ocio, fuera de la temporada estival o las fiestas patronales. Mejor aún si el ocio es cultural, y si sirve para estimular nuestra fantasía, llevarnos a otros lugares y a veces hacernos reír en el trayecto como tan bien saben hacer los cuentacuentos.

El Ciclo Internacional de Narración Oral para adultos “Cuentacuarenta” ha celebrado su segunda edición, ampliada y mejorada, animando las a menudo desangeladas calles de Ávila y sus bares, llenándolos de historias, música e imaginación durante cinco fines de semana de febrero y marzo. Entre las muchas actividades paralelas a las sesiones de cuentacuentos propiamente dichas, habría que destacar la participación en esta edición de la Asociación de Autismo de Ávila, cuyo equipo ha trabajado muy duro para acercarnos a este trastorno aún bastante desconocido y sus síntomas.

Para llevar a cabo esta campaña de sensibilización sobre el autismo, además de una charla en la bonita Librería Letras (Paseo San Roque, 12), se han celebrado también Rondas de Cuentos por diferentes zonas de la ciudad. Cada sábado, a la hora del vermú,  los cuentos han ido recorriendo diferentes establecimientos, con el acompañamiento musical del grupo abulense de percusión Yembalé y el jazz de la Snorkel Brassband.

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En cuanto a las sesiones de cuentos, se han celebrado los sábados a las 20:30 en el Colegio de Arquitectos de Ávila y los domingos por la tarde en el café Delicatessen, en forma de meriendas+ cuentos. Por el módico precio de 5 euros, los asistentes podían disfrutar del espectáculo acompañado de una bebida y una abundante merienda dulce o salada a elegir. Carolina Rueda y Quico Cadaval fueron los encargados de cerrar el ciclo el pasado domingo 24 de abril. Rueda es una “cuentera” colombiana, que dirían por allí, que consiguió emocionar al público con una forma muy sentida de contar, y una narración cercana al realismo mágico sudamericano. Por su parte, Cadaval provocó las carcajadas del público con su buen humor y su retranca gallega, especialmente con la historia de su ex-novia Presencia, “una mujer limitada verticalmente, que es la forma políticamente correcta de referirse a alguien bajito”. También se han encargado de maridar cuentos y comida las “Sesiones golfas” (cómo me gustó siempre esta expresión) del restaurante La Bruja y los “Cuentos con mucho gusto” de la Trattoria de Roberto.

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Y es que las historias están por todas partes, nos emocionan y nos hacen reír a partes iguales. Desde esta modesta tribuna, queremos dar las gracias a  todas las personas que han hecho posible este ciclo, empezando por Patricia Picazo y su equipo, los narradores, así como el Colegio de Arquitectos de Castilla y León (COACYLE), y cada uno de los establecimientos colaboradores, patrocinadores y “micromecenas” . Porque éste es un festival sin subvenciones, como debe ser, y verdaderamente independiente, como Picazo se encargó de recordar. No abundan las citas culturales anuales en esta ciudad. Ojalá, pues, tengamos “Cuentacuarenta” para rato.

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¿Pero qué coño es el indie?

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Ser de una ciudad pequeña a veces te obliga a responder a preguntas que en otros sitios se dan por sabidas. Aunque ésta es complicada, y difícil de delimitar, por muchas discusiones que uno haya tenido sobre el tema. Más aún cuando hoy en día ha adquirido no sólo connotaciones musicales, sino también estéticas, vitales y casi sociológicas.

Llevo siendo un consumidor compulsivo de música desde los catorce años. He pasado por Elvis, el rock calimochero en español y el punk-rock, pero desde hace casi una década supongo que mi música favorita es la que aparece en las revistas teóricamente especializadas en música indie o suena en los programas matinales de Radio 3. Aunque no necesariamente…Luzco gafas de pasta y largas patillas. Me gusta llevar zapatillas Adidas, polos Fred Perry, cardigans, camisetas de grupos…Pequeñas boutades estéticas que (creo) no me alejan de la naturalidad de la que carecen muchos fans de la música indie. En definitiva,  se podrían hacer tantas matizaciones en este tema que uno no sabe ni por dónde empezar. Vayamos a ello.

Creo que, en primer lugar, es bueno distinguir entre la música indie como la de aquellos grupos que graban en sellos independientes, y la música indie como (mal catalogado) género musical. Desde los comienzos del rock’n’roll ha habido sellos musicales que han trabajado de manera independiente, alejados de las “majors” o grandes corporaciones que dominaban la industria. Muchos de ellos fueron clave, de hecho, en el desarrollo de la música popular y de determinados géneros y subgéneros, como pasó con Sun Records (descubridores de Elvis) con el rock’n’roll, Stax con el soul, Rough Trade con el post-punk, Sub Pop con el grunge o Creation con el shoegaze.

Como “género” musical, está claro que se trata de algo muy amplio. Ya de entrada me parece un error llamarlo género, y creo que esto ha sido responsabilidad de ciertos medios de comunicación y de parte de la industria, que especialmente en España han pegado un inquisidor hachazo entre lo mainstream o comercial y lo indie. Sin embargo, en el Reino Unido parece estar bastante claro lo que es el indie como género y se utiliza con naturalidad. Cuando viví allí, en la gris Coventry, solíamos ir los sábados a una “discoteca indie” llamada The Scholars. Allí sonaba, básicamente, pop-rock desde una perspectiva british: Suede, The Smiths, Kasabian, The Stone Roses, Pulp, The Arctic Monkeys o incluso grupos que no encajarían en nuestra anterior definición, como son Oasis o The Killers. Precisamente, la cuestión de si a grupos tan populares como Radiohead, Wilco, Arcade Fire o los propios Oasis, que vendieron cinco millones de copias de su segundo disco sólo en Reino Unido, se les puede llamar indies es una de las que provoca mayor controversia. Probablemente en España a Oasis no los consideraríamos indies, pero sí a Radiohead, y aquí entra otra definición de indie: como una forma de crear, de trabajar de manera independiente, sin una obligada vocación mayoritaria (sin ser un gran fan de ese disco, “Kid A” quizá sea uno de los álbumes más anti comerciales de la historia). Por supuesto, esta acepción sería extensible a otras artes, como el cine.

Así que ya tenemos tres definiciones: grupos que graban para sellos independientes, género musical (más o menos fagocitado por la prensa) y artistas que hacen su trabajo de manera “independiente” y “sin vocación mayoritaria” (y esto siempre con un millón de comillas). Me voy a centrar sobre todo en las dos primeras. Para hablar de sellos indies vamos a irnos de nuevo a Inglaterra, a principios de los 80. Había entonces una fecunda escena musical, fancinera,  de grupos que practicaban el háztelo tú mismo, y con dos sellos cruciales como fueron Rough Trade y, posteriormente, Creation. Esta escena fue documentada en el ya famoso recopilatorio C86 de la New Musical Express, que incluía a bandas como The Pastels, The Wedding Present, Primal Scream…En los 80 reinó el jangle guitar pop de bandas como The Smiths y The Stone Roses, además del pop ruidoso de The Jesus and Mary Chain  o My Bloody Valentine.

Primera conclusión: uno no puede ser fan de la música indie, signifique lo que cojones signifique, si no le gusta esto:

En Estados Unidos, el término indie fue acuñado para describir la música producida por pequeños sellos discográficos y que fue preconcebida más o menos en las radios universitarias con grupos como los incipientes R.E.M. (que se irían orientando hacia un rock más adulto con el paso de los años). Después, fue asociado con el rock abrasivo y distorsionado de los Pixies, Hüsker Du o Dinosaur Jr, y con el noise de los Sonic Youth.

A comienzos de los 90, empezaron a aparecer en España diversos grupos claramente influidos por bandas como las que acabo de nombrar. Australian Blonde, El Inquilino Comunista o Penélope Trip fueron algunos de ellos. Unos grupos que cantaban en inglés y no mostraban ya ningún apego estético o sentimental con la movida. El indie estaba aún en pañales, era algo muy pequeño y, consecuentemente, cerrado, quizá elitista. Sin embargo, un grupo de noise-pop de Granada llamado Los Planetas empezaba a grabar, y después de ellos muchos otros grupos de toda la geografía española. El hecho de que los grupos fueran tan diversos (¿qué tenían en común Lagartija Nick con La Buena Vida, Nosoträsh o los posteriores Los Fresones Rebeldes?) hacía más apropiado, como supongo que sucede ahora, hablar de una escena o incluso “territorio indie”, como suele decir el gran Julio Ruiz. Aunque algunos de estos grupos grabaron con multinacional casi desde el principio, hubo numerosos sellos de inconfundible aroma indie, como Elefant, Siesta o Subterfuge. Precisamente los últimos sacarían el segundo álbum del grupo Dover, “Devil came to me” (1997), que con la brutalidad de 800.000 discos vendidos supuso el primer gran éxito de un grupo independiente (por sello y por pertenecer a ese llamado “territorio indie”) en nuestro país. Los madrileños acabaron yendo a lo suyo, lo cual es muy loable, aunque no lo es tanto el ridículo en el que han caído con sus últimas referencias discográficas.

Este documental, a pesar de mostrar sólo la punta del iceberg, nos puede dar una idea de lo que pasó aquellos años en España hasta nuestros días:

Sin embargo, lo que antes tenía un radio de alcance más limitado, ahora se ha expandido. Si antes éramos cuatro gatos, ahora hay más festivales, conciertos, blogs musicales y aspirantes a DJ que nunca. Internet mató a la estrella de la radio, y (ahora también) junto a la jodida crisis a los sellos discográficos, a las publicaciones, a la “industria”, si es que alguna vez la hubo. Pero las redes también ayudaron a que se “democratizara” todo esto, a que mi hermana sepa quiénes son Lori Meyers y a que escuches a chavales flipando con Love of Lesbian. Pero como indie de vieja escuela, y aunque me sigo emocionando con La Habitación Roja como el primer día, las adoraciones colectivas a Santi Balmes o los gorgoritos de Russian Red me pillan un poco de vuelta. Me quedo con los Teenage Fanclub. Y es que, si antes indie era sinónimo de fresco y original (recuerdo por ejemplo a Pavement o a los deliciosos El Niño Gusano), ahora se ha convertido en una especie de marca, en una palabra sobada hasta el punto de vaciarla de significado, básicamente por culpa tanto de ciertos intereses empresariales como de esa cómoda tendencia a la simplificación.

Así, muchos dicen que la música que antes nos hacía sentir diferentes ahora es una “moda”. Y, mirando cómo viste nuestra juventud universitaria, lo asumimos con reservas. Festivales como el Arenal Sound meten a 150.000 personas cada año. Incluso las publicaciones de referencia (Rockdelux y, en menor medida, Mondo Sonoro) llevan tiempo sobreviviendo gracias a su lector fiel e incorruptible, a una ortodoxia lejana al indie imberbe e influenciable que va al Independance los fines de semana.

En cualquier caso, yo abogo por la naturalidad. Por eso, estoy a favor de meter el dedo en el ojo cual Mourinho de todos aquellos que llevan gafas de pasta sólo porque molan, ofendiéndonos a los que somos miopes desde nuestra tierna infancia. Y, aparte de las pequeñas preferencias estéticas que mencionaba, de las chicas con flequillo y los vestidos de estampados 60’s, “we’re in it for the music”. ¿Cómo distinguirnos, por tanto, de los modernos o hipsters, que serían algo así como unos modernos con esforzado aspecto de indigente y Mac bajo el brazo? Para terminar, he aquí algunos de sus rasgos:

– Obsesión enfermiza por lo anglosajón o lo supuestamente “moderno”, que les lleva a venerar hasta el mayor coñazo perpetrado por Lars Von Trier

– Profundo desprecio por lo de aquí, que les lleva al abuso de las expresiones “casposo” y “España profunda”

– Hablar raro, con expresiones como “es bien”, o poniendo tildes innecesarias

– Ningún moderno sin blog o instagram aunque, efectivamente, no sepa ni escribir ni hacer fotos

– Estar en un garito y bailar una canción como loco tampoco está bien visto por los modernos: hay que mantener el cool y la pose (manos en los bolsillos, cuerpo ligeramente ladeado…)